
La improvisación en Danza, el terreno de lo inesperado
Escrito por Carlos Sebastián Iral Múnera

La danza se asocia comúnmente con la coreografía, para ello el bailarín o intérprete se prepara y especializa hasta alcanzar un nivel considerado que le asegure la apropiación del contenido coreografiado, sin embargo, en la improvisación toda esta formación o incluso otro tipo de preparaciones tanto físicas como teóricas disponen al participante para encontrarse con otros (espacio, luz, cuerpos) y establecer interacciones que den lugar a la creación de forma instantánea. Es un momento en el que las experiencias aparecen fugaces, de forma no consciente, como una combinación de colores que matizan el movimiento.
Improvisar requiere una disposición especial, implica salirse de sí y soltar todos los anclajes que la coreografía nos aporta para sentir seguridad y lanzarse a un abismo repleto de lugares no conocidos que sorprenden tanto al espectador cómo al ejecutante. Sin embargo, no se va en caída libre, siempre nos sostiene la experiencia previa, los encuentros con la técnica y con lo otro que posibilitan transitar rutas conocidas que pueden ser desbordadas y retomadas continuamente.
Si bien en la danza es posible encontrar lugares comunes y cuerpos con similitudes, en la improvisación siempre la experiencia establecerá una brecha que posibilita todo tipo de encuentros. Las vivencias nos marcan (las texturas del suelo, las destrezas y lesiones obtenidas, la temperatura del aire) haciendo que la diferencia sea un factor crucial al compartir con otros, generando un devenir constante y exigiendo un nuevo acercamiento cada vez. El choque, la caricia, el deslizar son respuestas a esas subjetividades que se acercan y dialogan.
Cuándo se habita el espacio de la improvisación el tiempo que se asume deja de ser lineal, se convierte en un presente constante que requiere una presencia total en el ahora. Tener que afrontar lo inesperado implica un estado de alerta y atención respecto a todo lo que sucede dentro y fuera del bailarín, la razón se torna instantánea y sensitiva, hacer elaboraciones mentales fácilmente entorpece el acontecimiento por lo tanto el cuerpo adopta un estado que le da una cierta infinidad al presente; es necesario ser consciente de todo en el instante exacto en que sucede, momento en el que a su vez todo se está alterando. Los cuerpos entienden que sólo hay un momento que puede ser decisivo para generar relaciones y conexiones y que al próximo las posibilidades han cambiado.
Finalmente, el acto escénico de improvisar genera una pregunta por lo que se construye, lo que se crea, desde dónde se parte y el rastro que genera en la persona que presencia y participa. A diferencia de la coreografía donde hay algo preestablecido, en este caso el azar conmociona y resalta la capacidad de imaginar y crear, nadie sabe qué sucederá por lo tanto los juicios pierden relevancia y si aparecen no son parte de la improvisación sino de la elaboración estética de quién los genera, a este momento sólo cada uno puede dar fe de lo sentido y el gusto queda supeditado al lugar del espectador. Sin embargo, se pueden establecer unas pautas que permita darle ruta a la acción, detonantes que sobrevuelen constantemente la improvisación y generen puentes entre la creación particular de cada actante; un color, una textura, una indicación cómo sólo utilizar el tren superior o la columna para moverse pueden solidificar el trabajo.
Es común al momento de improvisar que no se encuentre fácilmente un punto de partida en el mar de posibilidades que podríamos investigar, para ello la pauta o detonante previo se convierte en un aliciente, luego se puede salir y entrar de ella, replantearla, reinterpretarla, reducirla, en fin, modificarla de tantas formas cómo nuestra creatividad sienta necesario.